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Otro de los más bellos cuadros viene acotado por la noción “Luz dibujada”, y es, viene a ser, algo así como el análisis de un destello. Yo amo especialmente esta pintura que no tiene forma, que son simplemente planos de color articulados en ejes contrapuestos, como si fuese posible romperlos para recomponer concatenaciones cromáticas inéditas. En este cuadro lo que vemos en realidad es un cuásar, con un fulcro central que desprende una luminosidad anterior a su polarización, esto es, una luz sin movimiento, extática. Un cuásar helado y sideral; por ello, incandescente. Estos hielos, a su vez, se prolongan en mundos silenciosos, serenos hasta la beatitud en “Espejo de hielo”, cuyos cristales insinúan lotos de una meditación celestial; o bien acompasan sus perfiles microorgánicos como escarcha rota sobre el agua gélida, tal apreciamos en "Espejo de agua". O bien, es más, se volatiliza en grumos de éter, inmensos cúmulos de lente suspendidos, en la inefable extensión de unos cielos inmensos, radiantes, sobre un mar de nuevo indiscernible con el horizonte: “Alba marina”.
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