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Este calidoscópico jardín o *Colección Irene*, que son las presentes ideogramificaciones, se simboliza en el homenaje vegetal hacia la rosa: “La rosa, su aroma”, y “Rosa continua, eterna rosa”, una confabulación ambas de pétalos que imitan las huellas de una yema de dedo, sinuosas, envolventes: lo apretado aquí de la espiral viene a ser, en proporción, la presentida expansión de sus contornos. Es una rosa, ambas, en extremo vegetal, una rosa verde y negra, como hechos, sus pétalos, de la madera que hubiera retenido en la memoria; una memoria que, en la rosa, es su aroma, es su olor. ¿Cómo es el olor de una rosa sino envolvente, por intenso, y verde, por su jugosidad? La rosa, ambas rosas, despliegan los cauces de su savia, y van así, en círculos concéntricos que arrancan, centrífugas, de un origen perfectamente estático, maravillosamente simétrico, hasta ascender, al tiempo que crecen, diáfanas, traslúcidas, hacia los lados convergentes. Las rosas son la misma imagen del tiempo: por incluir su propia semilla, implican la ceniza de su desaparición final; son bellas por esto mismo: no duran lo que son.
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