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La Colección alcanza un punto de sublime inasibilidad con “La tonsura de la tarde”, un vapor sobre vapor, de manera que cielo y tarde, agua y aire se confunden a la búsqueda de un horizonte imposible; los colores ahí, bullentes de abrasados, recorren la gama de la luz sin sombra. Son miles de colores, y no es ninguno. Los colores, dijérase, acaban de pasar. Son, los colores, la estela que han dejado. Son el anemos de una insuflación instantánea. Los colores, en su grandeza y expansión, comunican deseo de quietismo, voluntad de transformarse en noche.
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