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Uno de los más enigmáticos cuadros es éste de “Sueño de alfarero”, donde está presente, aunque implícita, una fabulación en torno al origen del ser humano. La arcilla no era entonces carmínea o bermellón, sino de un azul traslúcido, cercano a la palabra de un Creador que no es sino el Tiempo mismo. Es una belleza absoluta esta ánfora antropomorfa, que adopta carnalidad primigenia humana, con un hueco donde aún no ha sido instalado el corazón. La lividez tonal semeja destello de planetas sombríos, en un mundo que acaba de nacer. Por eso, la materia es de brillo opaco, azules y violetas que confluyen en la temeridad de un celeste de aguamarina, un cerúleo esplendor próximo a la llama del horizonte en que se asienta.
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