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El más atrayente, a mi parecer, cuadro de este complejo iconográfico que es la Colección, el titulado “Córdoba, Evocación de la Mezquita”, son importantes los espacios, por arriba y por debajo. Lo propio de los arcos es que estén suspendidos, y de aquí que se nos expongan en una franja transversal, extrañamente selvática, como ramas de un bosque milenario. El autor ha escogido una gama de sienas y negros, en contraposición al blanco de los huecos y al reflejo de la luz en las impostas, filtrada desde las celosías. Un templo en penumbra casi gótica, donde el peraltamiento de las herraduras radiales aspira a lo inefable, los arcos trascendidos en un hálito de maderas y resinas que procede de los artesonados, a punto todo ello de alzarse, empinarse en cúpula hacia el foco de luz, fuente áurea cuyos caños penetran al centro y desde arriba. Lo que ocurre aquí es que se ha desencadenado la belleza sin nombre, el esplendor de los éxtasis de la propia piedra que es el templo, la piedra que aspira a fuego, el fuego que es espíritu primordial; salón, la Mezquita, donde Dios o Allah parece que danzara entre las mil columnas que soportan el techo del mundo.
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